jueves, 28 de junio de 2007

Gorillaz



Por Juan Terranova

La tapa dice Manual del antiperonismo ilustrado y viene firmada por Claudio Díaz. Pero más allá de las ilustraciones, que son reales y tienen un trabajo de archivo importante, el "antiperonismo" del título no aparece por ningún lado. Más bien todo lo contrario. El manual agarra, entonces, por la cola al lector desprevenido y vuelve con argumentos conocidos sobre las virtudes y logros del peronismo histórico, ese que la nostalgia sitúa en el pico de industrialización nacional entre el ‘45 y el ‘55. Intentando la actualización de viejos estribillos, humedeciendo la pompa justicialista con títulos y subtítulos que aluden a la cultura pop, Díaz renueva esa verdad inapelable –“Nuestra historia política es la contradicción entre despotismo ilustrado y soberanía popular”–, pero lo hace con las desafiladas herramientas de siempre, atacadas por el óxido y melladas por el tiempo.

Si el título tiene una trampa, y eso es ingeniosa novedad porque el libro es de entrada fervientemente peronista, los argumentos son conocidos: Sarmiento era un brazo de la oligarquía, los unitarios eran todos agentes ingleses, los intelectuales de izquierda son funcionales al poder central y de ahí en adelante. Sazonando con información irrefutable el conocido vocabulario de la colonia y la emancipación popular, Díaz denuncia a los intelectuales por “vendepatrias” y reivindica logros que ya entraron en los libros de la historia oficial, aunque él se empecine en coronarlos “la otra historia”: “Como con Rosas –escribe Díaz–, la época peronista no es analizada objetivamente. Se la niega en bloque, se la condena sin juicio previo: es una tiranía, nada más ni nada menos que eso”. ¿Es para tanto? ¿No pelea Díaz contra fantasmas discursivos? En todo caso las siluetas que dibuja resultan menos anacrónicos o irreales que rancias.

Más interesante como artefacto que como libro de historia, compilación de síntomas antes que reflexión, este falso Manual del antiperonismo ilustrado nunca abandona la voz militante, un poco torpe, del historiador nacional y popular que se indigna frente al abuso de los poderosos. Destinado a confirmar ideologías antes que a debatirlas, el libro cierra un puerta y se atrinchera, lejos de la tensión que genera la crítica, y su indispensable hermana menor, la autocrítica.

Otro manual. El mismo 1964 en que los Beatles alcanzaban su primer número uno con la canción I Want to Hold Your Hand y, en Dallas, se declaraba a Jack Ruby culpable del asesinato de Lee Harvey Oswald –quien a su vez era el principal sospechoso de la muerte de Kennedy–, en Buenos Aires salía a la venta un libro curioso. Treinta y tres años más tarde, se reedita hoy el Manual del gorila, con textos de Carlos del Peral y dibujos de Kalondi. Mezcla violenta de géneros bastardos como la encuesta, el test, la entrada enciclopédica apócrifa y el panfleto, Manual del gorila es un libro estimulantemente híbrido.

Su primera parte, titulada "Historia de los gorilas", universaliza la alegoría política más allá de los límites geográficos y temporales de la Argentina del siglo XX. Desde la antigüedad grecolatina hasta las carabelas de Colón, el recorrido, previsiblemente, tiene su “epifanía” en la década del cuarenta: “En el apogeo el gorila es feliz. Vive rodeado de cáscaras huecas y huesitos en un hábitat en perpetuo deterioro. Considera que el subdesarrollo se resuelve con la mendicidad; mantiene un orden social a lo Pirro malvendiendo petróleo o lo que sea y aceptando las condiciones demoledoras del Fondo Monetario”.

La segunda parte del libro, titulada "El pensamiento vivo del gorila actual", describe, con sorna, los gustos de la pequeña burguesía argentina: sus caprichos políticos, el amor por los autos lujosos, su cristianismo hipócrita, la debilidad por el dinero y su paranoia de clase. Acá brillan los aforismos: “El gorila experimentado puede, con un simple pestañeo, dejar de ver cualquier realidad que lo perturbe”; o las listas que a veces rozan el absurdo en, por ejemplo, la “Teoría de la flor exquisita” donde se afirma que “a) Una gorila es una flor exquisita” y “b) Las flores exquisitas o gorilas son el centro natural de todo”.

Animales sueltos. Si el libro funciona bajo un procedimiento simple –la extensión de la alegoría política–, el humor constante acompaña uno de sus aciertos más claros: nunca develar este código en forma directa. Aunque no pocas veces es explícito, las declaraciones afirmativas no aparecen. Los enemigos de los gorilas son el comunismo –una entidad siempre ironizable, cuando no directamente ridícula– y, como mucho, “lo subversivo”. La palabra “peronismo”, de hecho, es usada sólo una vez, en una taxonomía que diferencia: a) gorilas que persiguen peronistas, b) gorilas que persiguen nacionalistas, c) gorilas que persiguen comunistas y d) gorilas que persiguen sus propias colas.

Así, el peronismo sobrevuela tácito estas páginas. Por contraste, su presencia vibra en cada pelo que se describe y se ubica en el mapa político argentino. Manual del gorila en ningún caso es identificable como un Gorilismo para principiantes o Antiperonismo for dummies. La línea que baja hace del libro un objeto jugado políticamente. Y más allá de su trazado partidario, hay una antropología real en sus páginas. ¿Vale la pena preguntarse por qué se reedita este libro? ¿Revela el gesto una idea? Manual del gorila es un libro fechable, incluso nostálgico, pero no por eso desprovisto de reflejos en la actualidad. Los gorilas y sus cazadores son ambos una fauna desprolija y pasional que, después de la plácida y confusa década del 90, vuelve, de a poco, a entrar en vigencia.

miércoles, 27 de junio de 2007

Crisis: a cinco años de dos asesinatos que nunca cometió


Por Patricio Rombo

Exactamente cinco años atrás, el 27 de junio de 2002, los medios de comunicación masiva le dieron cuerpo a una idea: la crisis no sólo se convirtió en materia, sino que mató a dos hombres.

“La crisis causó dos nuevas muertes” afirmó el diario del pueblo argentino, acusándola así de los asesinatos de Maximiliano Kosteki y Darío Santillán, ambos militantes sociales de la Coordinadora de Trabajadores Desocupados Aníbal Verón.

Ante la aparición del titular del diario, un malón de detectives salió desesperado a buscar a la señora Crisis, la supuesta asesina. No sabían cómo encontrarla: Clarín decidió no publicar su apellido, por lo que no podían ubicarla siquiera por la guía telefónica.

De acuerdo a lo declarado por la médica de guardia que recibió los cadáveres de los jóvenes, Crisis era la responsable de un balazo en el pecho a Kosteki (25) y de un disparo en la espalda a Santillán (21). Editorialistas insistían en la necesidad de acabar con esa mujer: se había “cobrado” más de treinta víctimas desde el 20 de diciembre de 2001.

Buscaron en el 60 por ciento de pobreza, en el 30 por ciento de indigencia, en el 25 por ciento de desocupación, en los índices de subocupación, en la falta de contención social, en las políticas de precarización laboral, en las privatizaciones... pero nada: Crisis no aparecía. Incluso, se empezó a dudar de que realmente estuviera presente el 26 de junio en la estación Avellaneda.

La sociedad empezó a sospechar: “¿Crisis verdaderamente fusiló a Kosteki y Santillán?”; “Si fue ella, ¿Cómo es que nadie la vio merodear por el Puente Pueyrredón antes de que comenzarán la represión y las corridas?”; “¿Puede Crisis escapar de todos los investigadores criminalistas?”.

Por suerte fotos e imágenes televisabas permitieron averiguar que a Kosteki y Santillán los mató un sujeto con nombre y apellido: el comisario Alfredo Franchiotti y su chofer, el cabo Alejandro Acosta. Asimismo, pese al afán de culpar a Crisis, se pudo corroborar que policías de uniforme, miembros de Prefectura, grupos de civil y parapoliciales participaron de un operativo que tenía como objetivo reprimir ferozmente a los militantes.

A pesar de que las pruebas de la masacre de Avellaneda fueron elocuentes y Crisis salió exonerada, los medios de comunicación insisten, cada vez que la represión mata, en que ella (incapaz de sostener un arma) siempre es la primera sospechosa.

domingo, 24 de junio de 2007

Filmus: La mejor Karrera hacia la superación


Por Patricio Rombo

A -El gobierno (nacional) se equivocó; tranquilamente pudo acordar con Telerman; polarzaban la elección y la ganaban.
B –Si, pero Telerman se siente más cómodo con el modelo PRO de Ciudad: Kirchner no podía aliarse con un tipo así. Filmus era una apuesta interesante.

Más o menos esta conversación estuvo presente entre todos aquellos individuos que se dedicaron a analizar los resultados de la elección porteña, que el domingo 24 de junio dejó al empresario Macri como nuevo jefe de Gobierno electo de la Ciudad de Buenos Aires.

Tal vez podría decirse que la campaña electoral del Frente para la Victoria no fue la mejor, sin embargo, en líneas generales, ejecutó las cosas como los manuales de la política indican: un candidato desconocido para la masa (Filmus) se lo muestra en los medios; se difunde su labor en el Ministerio de Educación durante los últimos cuatro años; se lo ubica en las encuestas; se persigue al competidor más inmediato (Telerman); ingresa al ballottage; acelera contra al último adversario de la contienda (Macri); no logra alcanzarlo.

Poco amante de las metáforas deportivas, me vino a la cabeza el Gran Premio de Alemania de Fórmula Uno (circuito de Nurburgring, 1957), donde Fangio (arriba del liviano Maserati 250F), tras un problema de reabastecimiento corrió desde atrás para pasar en la última vuelta a las dos ferraris oficiales y dejar asombrado al público presente. Por supuesto que no fue el final de Filmus, quien como “El Chueco” empezó a escalar posiciones, aunque terminó como Reutemann en La Vegas (1981), tal vez saboteado por su propio equipo que no le permitió ganar la carrera que lo coronaría campeón.

A pesar de la campaña de manual llevada adelante por el equipo electoral de Filmus (que le permitió alcanzar el ballottage), es necesario por otra parte destacar que el papel del Gobierno Nacional en la elección porteña, no fue el más acertado. Alimentar el juego de la “campaña sucia” instalado por el PRO (gracias a los medios de comunicación), no colaboró con el jefe de la cartera educativa, quien no llegó a demostrar todas las capacidades que lo llevaron a transformarse en uno de los cuadros técnicos-políticos más importantes de la Argentina de los últimos diez años.

Está claro que Kirchner no encontró la mejor manera de respaldar a Filmus (como todavía no halló aún la mejor manera de resaltar sus propios logros), sin embargo es necesario reconocerle al Presidente que la elección de Filmus por sobre la de Telerman como candidato del Frente para la Victoria, fue de las decisiones políticas más interesantes de su gestión, donde se privilegió las aptitudes por sobre la conveniencia política, que sólo hubiera continuado la línea de formación de cuadros “caja”, que se esfumarán apenas se acabe el poder.

Es por este motivo, que la elección de Filmus como candidato a jefe de Gobierno fue la mejor decisión de Kirchner, puesto que permite imaginar a futuro la formación de cuadros políticos reales, que admitan el surgimiento de nuevos estadistas que lleven a la Argentina, no hacia una neoderecha como propone el voto blanco PRO, sino hacia un propósito nacional & popular.

sábado, 23 de junio de 2007

El general Perón va en coche al muere


Por Ignacio Maciel*

el general perón entra hoy
por última vez (y definitivamente, creo)
en la muerte
casi borgeanamente va en coche
previo paseo por buenos aires
como yendo a buscar lo ecos de una gloria lejana
una gloria que ya no es del tiempo
sino de la memoria
(que teje olvidos)

hoy mismo el general perón
se abrazará al devenir ulterior
que custodiará el mármol definitivo
el mármol justicialista del fin
porque todo fin es una justicia del tiempo
que devuelve las cosas a la eternidad
(es estúpido contarle los días a un muerto)

hoy parece que la eternidad
viaja en coche, compañeros
perón es una intimidad entre nosotros
un centro de gravitación intemporal
una fé escéptica en nuestros padres
una épica extrañamente cotidiana

hoy el sol es pleno, invicto
típicamente peronista


(*Escrito el 17 de octubre de 2006, día del traslado de los restos de Juan Perón a la quinta de San Vicente)

miércoles, 20 de junio de 2007

Ballottage en la Ciudad: León, Riquelme y la salida del infierno


Por José Cornejo

Ayer martes, Filmus y Heller organizaron otro acto. Yo estaba atrasado porque tenía que ordenar unas gacetillas, pero fui igual. Llegué a las 15. Frente al Obelisco, una orquesta ensayaba el himno de la alegría, de Beethoven. Varios curiosos trajeados y algún barbudo escuchaban con atención. Luego probaron con el Himno nacional. De fondo, había una carpa del gremio docente apoyando el encuentro.

Reflexionaba en cuán diferentes eran las campañas de uno y otro lado de la General Paz. El peso de la cultura y la educación en la Ciudad de Buenos Aires. El diferente nivel de vida. Pensaba cómo podía ser que la ciudad más cultivada del país y con la capacidad de consumo de Bélgica, votara mayoritariamente a quien fuera un arquetipo impecable del individualismo.

En eso, llegó una gruesa columna del Sindicato Argentino de Televisión. Entre ellos y unidos por una bandera, Carlos Heller, Juan Leyrado y los rulos del Coco Sily. Me sonreí recordando la parodia que hacían de Mirtha Legrand junto a Daniel Aráoz. La orquesta se silenció y uno de los hermanos Korol tomó el micrófono. Exhortó contra el neoliberalismo y en favor de la educación, y lo cedió al candidato a vicejefe. Este centró su discurso en el sostenido crecimiento del voto. "Los medios de comunicación nos decían que no llegábamos a segunda vuelta. Luego, que nos bajáramos del ballotage. Ahora, que vamos a perder honrosamente 60 a 40. No les creemos nada. Vamos por la Victoria".

Korol regresó al escenario para avisar que un grupo de 170 científicos felicitaba a la fórmula porteña. Yo me seguía preguntando qué clase de mezquindad escondemos. Al prosperar nos olvidamos de nuestros compatriotas más pobres, nos dejamos embriagar por el vino del exitismo, cuyas gotas de abundancia casi nunca se derraman.

Acompañado por Ginés y un envejecido Ibarra, disertó Filmus. Solo le faltaba el guardapolvo para ser aquel maestro que dictaba clases en los sindicatos. Advirtió sobre el regreso al pasado y se preguntó, ¿qué será de la ESMA? Cantamos el himno y me pareció que le faltaba el ooo que siempre imponen las hinchadas y la JP. Así de súbito como empezó, el acto terminó. Me quedé viendo los spots publicitarios que una pantalla de cristal líquido reproducía. Me impresionaron dos. El de María Onetto, tengo entendido que sus padres están desaparecidos; y el de Adriana Varela, temiendo "el apremio ilegal contra sus hijos".

Todo la gente ya se había ido, así que encaré para la boca del subte B. Pensé en el afiche de León Gieco. Recordé que había sido muchas veces una brújula para nosotros, cuando la política es tan confusa. Cuando la dictadura lo había expulsado a México, cuando regresó para apoyar la naciente democracia, cuando puteó contra el menemismo, cuando bancó a Callejeros mientras las bandas envilecidas por las grandes corporaciones se lavaban las manos. Recordé ese tema que dice "dignidad de Rodolfo Walsh" y me emocioné un poco.

Filmus es probablemente nuestro mejor candidato en el Frente para la Victoria, pero la Ciudad está ensordecida por el ruido de la prosperidad que se inició el 2003. Olvida que algunos de sus hermanos todavía no pudieron salir del infierno. Me reconforté esperando la final de Boca. En las dos llaves anteriores superamos resultados muy adversos, siempre en la revancha. Mirá si Filmus es como Riquelme. Todavía estamos a tiempo.

lunes, 18 de junio de 2007

Elecciones: ¿A quién votan los medios?


Por Patricio Rombo

The last hurrah (El último viva, 1958), del genial director norteamericano John Ford (acusado de conservador, aunque autodenominado demócrata liberal), me recordó una gran costumbre del discutido periodismo de los Estados Unidos: su pronunciamiento a favor de un determinado candidato político en época de campaña electoral.

En The Last Hurrah, Frank Skeffington (Spencer Tracy), es el alcalde de una ciudad de la zona de Nueva Inglaterra (noreste de los Estados Unidos), que busca su quinto mandato consecutivo. Su capacidad de relacionarse con el ciudadano “común” es el secreto de su éxito político. Respetuoso de las costumbres populares, el intendente pareciera no tener rivales en la contienda electoral.

Odiado por los sectores sociales más acomodados (que tratan de “chusma” al pueblo que decide respaldar a Skeffington), el alcalde sufre una feroz campaña en su contra de parte del editor del diario de la ciudad, Amos Forge (John Carradine), quien le profesa un odio irracional al personaje que interpreta Tracy.

Sin embargo, a pesar de ese ataque furibundo incomprensible (en algún punto), Forge aclara desde el inicio de la película, que el diario respaldará públicamente al candidato opositor, el universitario Charles Fitzsimmons, un personaje político (incapaz a las claras) impuesto por el poder económico local, que intenta mostrar una “cara nueva” a la ciudad.

De esta manera, se desenmascara la posición de un actor fundamental en la contienda política: la de los medios. Es fundamental para la vida democrática de un país conocer el voto de la línea editorial de un diario. Es público que en las últimas elecciones presidenciales de los Estados Unidos, el New York Times manifestó su respaldo por el demócrata John Kerry, mientras que el Washington Post volvió a pronunciarse a favor del republicano George W. Bush.

La gran costumbre del periodismo estadounidense de difundir su respaldo a un partido político o a un nombre propio, por supuesto no se repite en la Argentina, ni en Buenos Aires, donde la prensa está desesperada por ser (o parecer) “objetiva”.

¡Por favor!, el periodismo es subjetivo, condicionado. Uno es parte de la sociedad de la que escribe. Es realmente siniestra la idea del periodismo “independiente”. Ergo, trabajadores de prensa de los diarios, de las radios, de la televisión... Y otros medios “objetivos”, saquémonos la máscara.

Los lectores, los escuchas, los televidentes merecen conocer (abiertamente) a qué político respaldamos los periodistas. Y anda a saber, tal vez tiro la receta para que, a futuro, algunos se aseguren de que los pusilánimes manipulables como Fitzsimmons alcancen el poder, en lugar de los políticos carismáticos como Skeffington, que son, en definitiva, los que pueden tocar un poquito más los intereses del poder económico (de los medios de comunicación), que sólo desean el último viva.

Para dar el ejemplo: Yo voto a Filmus (algunos de los porqué creo que están a lo largo de este blog, otros los intentaré escribir durante esta última semana antes del ballottage).